Entonces decidí intentarlo y me lancé a decir que sí, que yo también podía enseñar a escribir ensayos tanto en inglés como en español y que yo había diseñado, junto con una profesora del colegio, un sistema de aprendizaje por unidades en el que se deslglosa, paso a paso, las características y particularidades de un ensayo (o “essays”, como le llaman ellos).

Esa tarde, cuando llegué a casa, todavía no entendía la envergadura de aquello en lo que me había metido. Si bien tenía ya algunos meses como profesor particular del colegio, todos mis alumnos eran “hermano de…” o “primo de…” o “hijo de…” y con todos, absolutamente con todos, me unía algún tipo de contacto personal. Ella, sin embargo, me había llamado directamente desde el colegio… “porque me dieron tu teléfono en la secretaría”.

Me hundí a revolver y desempolvar las cajas que tenía repleta de todos los papeles y menjunges que había guardado en mis últimos años de colegio, pensando que en algún día podrían serme útil.

Me pasé la tarde (y gran parte de la noche) armando el primer día de clases, sacando información de diversos libros, de separatas, de papeles sueltos hasta que después de largas horas y una espalda cuasi destrozada conseguí lo que anhelaba: mi primer syllabus.

Me desperté mucho más temprano que de costumbre. Me tomé el tiempo para ducharme, escoger la ropa deseada, afeitarme con tranquilidad, tomar algo de desayuno (no mucho puesto que los nervios siempre me cortan la garganta y, por ende, el hambre) y salir con el tiempo justo para llegar a la hora pactada a mi primera clase.

Estacioné frente a la casa, salí del auto medio tembloroso y toqué el timbre. Una voz respondió por el intercomunicador preguntando quién era.

“Soy Adrián,” respondí. “El profesor”.