Comparto el artículo de mi gran amigo José Luis Mejía. Más que un artículo de opinión, debería ser una biblia.
"No hay nada más aburrido que una clase de literatura donde ésta es sólo
una excusa para endilgarle a los alumnos la biografía de los escritores y la
historia de los movimientos literarios desde la épica homérica del siglo
VIII antes de Cristo hasta los ismos que invadieron el panorama
literario mundial durante todo el siglo XX (felizmente nuestro sectarismo
occidental hace tabla rasa de toda la tradición literaria oriental). El
estudiante no halla en esas exposiciones, sosas algunas, algo más
interesantes otras, pero todas lejanas a su realidad y a su experiencia,
nada que lo apasione, nada que lo comprometa en una época, la adolescencia,
en que los vínculos son extremadamente débiles y en que los jóvenes andan
buscando desesperadamente un asidero que sea el punto de apoyo que pedía
Arquímedes (a quien, por lo demás, tampoco conocen).
El pobre estudiante de un colegio peruano (acabo de revisar los
"contenidos básicos" del "diseño curricular básico" que aparece en la página
web del Ministerio de Educación) debe, al concluir los cinco años que dura
la secundaria, desarrollar una serie de capacidades y aprender un cúmulo de
información que, de ser cierto y real lo que se propone, debería entregar a
la sociedad a una persona capaz de, por ejemplo, analizar un poema
romántico, diferenciarlo de uno surrealista, escribir un ensayo
comparándolos, presentar un análisis morfosintáctico de ambos textos,
realizar una exposición oral sobre los mismos sin descuidar una mirada
global de las diversas corrientes de la lírica mundial a través de los
siglos que pudieron influenciar en ellos, combinando una charla académica
con un trabajo práctico, sin olvidar la utilización de los medios
audiovisuales modernos; además, debe estar capacitado para elaborar un
manual que sirva a sus compañeros para realizar un análisis similar en otros
textos líricos, poniendo énfasis, por supuesto, en el uso correcto de un
lenguaje sin faltas de ortografía y sin problemas de concordancia o de
sintaxis, para, finalmente, establecer los vínculos literarios e históricos
de esos dos poemas con, al menos, una media docena de los muchos textos que
habrá leído en ese lustro. ¿Necesitamos algo más?
Ahora bien, se preguntarán entonces, ¿cómo aprendí literatura? Debo
confesar que en mi iniciación literaria nada tuvo que ver mi vida escolar.
Con un padre como el mío, cualquier intento de enseñarme literatura llegaba
demasiado tarde. Nací y crecí rodeado de libros. Mi fantasía infantil se
alimentó de la misma biblioteca que ahora me observa mientras escribo estas
líneas, de esta montaña de cultura que antes que yo escalaron, con mejor
suerte y mayor dedicación, mi padre y mi abuelo.
En casa leíamos en todas las reuniones familiares, que era como decir
todos los días. Cualquier ocasión era buena para la lectura y si al
principio fue mi padre, con su voz entera, apasionada e imponente, que sólo
se quebraba de emoción cuando leía las crónicas de "El Corregidor" Mejía, su
padre y nuestro abuelo, luego fuimos nosotros, los chicos de entonces, los
que asumimos los roles de relatores bajo la atenta mirada de una madre
amorosa y de un padre enamorado de ella y de las letras.
Poco a poco fuimos aprendiendo la modulación necesaria para que ese verso
sonara así, como debía sonar, sin estridencias, sin afecciones, sin barrocas
e innecesarias inflexiones de voz; poco a poco nos fuimos adentrando en el
maravilloso mundo de la fantasía de los creadores de cuentos y novelas, poco
a poco aprendimos a entender lo que se decía entre líneas, lo que no se
declaraba, el tesoro oculto que guardaba cada una de las piezas que eran
seleccionadas para nosotros en lo que fue el primer y mejor curso de
literatura que hayamos tenido. Aprendimos a hablar mejor, escuchando a los
ancianos de la tribu, a los viejos que se comunicaban con nosotros desde sus
obras, conocimos los significados de las palabras adentrándonos en los
diccionarios en competencias locas por quién llegaba antes a la respuesta
precisa, crecimos en medio de conversaciones interminables que llevaban la
sobremesa del almuerzo hasta la cena y que no sólo eran clases de literatura
sino también de historia, de política, de ciencias, de matemáticas y, sobre
todo, de humanidad.
¿A qué viene este recuerdo infantil en un artículo destinado a profesores
de literatura que, como yo, intentan, inculcar en sus alumnos la pasión por
las letras? Trataré de explicarme traduciendo, en palabras publicables, lo
que en estos años dedicado a la enseñanza he escuchado por patios y salones
o me han comentado los alumnos que más confianza me han tenido:
- ¡Qué asco, examen de ortografía!
- ¿Leíste el libro?, ¡es un porquería!, no entiendo la mitad de las
palabras... - ¿Qué cosa era el Conceptismo?
- ¡Maldición, hoy toman glosario!
- ¿Alguien sabe qué diablos es un soneto isabelino y cómo se hace?
- ¿Hay algo más aburrido que leer Ollantay en clase?
- ¡No entiendo nada, mañana hay examen y no entiendo nada!, ¿qué tiene que
ver el Modernismo con los franceses? - ¿Endecasílabo con acento en sexta?, ¡Dios mío, qué es eso!
- ¿Leíste la pregunta: "Escriba un ensayo sobre la libertad comparando
Antígona de Anohuil y La tregua de Benedetti"?, ¿se volvió
loco?
¿Qué hay detrás de todas estas quejas? Un desagrado absoluto por cursos
que no les dicen nada de sus propias vidas (y sólo he puesto comentarios
relacionados a la literatura, ¡imagínense qué dicen de matemáticas o
química!), cursos que les son completamente ajenos y en los cuales no
encuentran ninguna fuente de inspiración, donde no tienen nada que decir.
Los chicos no entienden los libros que no se les explican, no es cuestión
de lanzarlos a leer solos, necesitan de un guía que los vaya conduciendo por
los vericuetos de la mente del autor, que vaya desentrañando junto con
ellos, haciéndolos pensar y discutir, cada uno de los enigmas de la soledad
y la ausencia que esconde la novela aquella sobre la adolescente que llega a
estudiar a la Barcelona de la post guerra civil española o la nostalgia
infinita y la melancolía de ese poema del trujillano aquel que añora la
tierra donde nació y que sabe que nunca más verá porque morirá "en París con
aguacero".
Los jóvenes no quieren sabios inalcanzables (y muchas veces fraudulentos)
que se sienten frente a ellos en un pupitre alejado y sombrío repitiendo la
misma cantaleta que ya dijeron a diez o veinte promociones antes que a
ellos, a los chicos no les interesa aprender de memoria las doscientas
palabras del glosario o las cien oraciones del concurso de ortografía o los
cuarenta y nueve versos de la Elegía de Hernández o los nombres,
poderes y preferencias de los infinitos dioses, semidioses, reinas, héroes y
cobardes de la Odisea, no, ellos quieren saber de sí mismos, de su
tiempo, de la época que les toca vivir y de las sensaciones y experiencias
que colman sus vidas, quieren conversar, compartir, dialogar, dar a conocer
sus ideas y sus sentimientos, hacerse conocer, existir, compartir, ser a
través de la palabra y de sus múltiples oportunidades.
¿Cómo conjugar con la realidad y con las exigencias absurdas y
pretenciosas del "diseño curricular" esta manera de ofrecer la literatura
donde bien podríamos pasarnos todo el año leyendo Cien años de
soledad o tal vez únicamente el Otro poema de los dones y
conversando y comprendiendo y aprendiendo de los autores y de los alumnos y
de nosotros mismos, demostrándoles y demostrándonos que los clásicos se
llaman así porque los consejos de Quijote a Sancho son absolutamente
actuales o porque el heroísmo de Patroclo o la cólera de Aquiles son
acciones y sentimientos que realizamos y experimentamos todos los días o
porque don Juan Tenorio sigue retando a don Luis Mejía en los muchachos
mujeriegos y enamoradores que vuelven locas a las chicas del salón?
No tengo una respuesta, sólo me enfrento a una serie de interrogantes que
cuestionan mi propia capacidad para trasmitir a mis alumnos lo que mi padre,
sin alardes y con paciencia, me fue enseñando día a día en las reuniones
familiares; sólo sé, a estas alturas, que la literatura (y cualquier otra
materia que se quiera dictar a los adolescentes) debe preocuparse de ser
para ellos un vínculo, una forma de expresarse, una forma de ser y una
manera de reafirmar su existencia, debe ser, como lo fue para mí, una
experiencia apasionante donde las lágrimas y las risas se mezclan como en la
tragicomedia de la vida y, debe ser, en última instancia, el vehículo a
través del cual alcanzan un grado de humanidad mayor que el nuestro, mejor
que el nuestro.
Siempre he creído que la escuela es formativa y la universidad es
instructiva, en la escuela no se aprenden oficios ni profesiones, se empieza
el camino hacia la construcción de nuestra personalidad como seres humanos
miembros de una comunidad que cada vez necesita más de mujeres y hombres
buenos que salven la humanidad del conocimiento sin moral, de la ciencia sin
ética, de una literatura (de eso estábamos hablando) que no diga nada, que
no ofrezca nada, que no enseñe nada.
Sí, es saludable saber que el masculino del adjetivo "motriz" es "motor",
que "quepo" es el presente en primera persona del indicativo del verbo
caber, que El Quijote lo escribió Cervantes, que anónimo significa
"sin autor conocido" y no "que no tiene autor", que un endecasílabo es un
verso de once sílabas y que un soneto tiene catorce versos endecasílabos;
eso es tan saludable como saber la tabla del nueve, la composición química
del cuerpo humano, el nombre del río más largo del mundo o la altura del
Everest, pero lo que es indispensable, aquello que jamás deberíamos de
perder de vista, aunque los directores nos acosen, los padres de familia nos
quieran renunciar, las estadísticas de los ingresos a las universidades nos
acechen como fieras listas a devorarnos con sus números negativos y aunque
la sociedad nos pida a gritos, o a golpes o a despidos, convertir a nuestros
estudiantes en piedras brillantes pero frías, lo que nunca deberíamos
olvidar es que nuestro único deber es con los alumnos y que nuestro único
interés es su bienestar, su crecimiento como seres humanos y su realización
como adultos responsables que lleven al mundo a un mejor puerto.
No sé si mis alumnos recuerdan las características del Barroco o son
capaces de analizar sintácticamente una oración compleja, pero tengo la
ilusión, la certera ilusión, de que comprenden perfectamente a Borges cuando
dice: "He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. No
he sido / feliz" y se empeñan cada día, cada jornada, en ser felices y, en
ese aprendizaje, que es un acto creador y creativo, como hacer un poema o
dar la vida, le dan felicidad a quienes aman, que son los otros, nosotros,
que somos sencillamente una porción de las muchas que vamos conformado la
humanidad."
